domingo, 6 de marzo de 2016

LOS BORBONES EN ESPAÑA









El primer rey Borbón español era nieto del Rey Sol Luis XIV de Francia y se había criado en la deslumbrante corte de Versalles, pero su carácter se parecía poco al de su todopoderoso abuelo. Desde niño mostró una salud débil y un carácter propicio a la melancolía: es decir, a la depresión. Estos desequilibrios mentales se repetirían periódicamente durante el resto de su vida.

El reinado de Felipe V podría dividirse en dos claros periodos, que coinciden con sus dos matrimonios. 


El joven Felipe se casó en primer lugar con María Luisa de Saboya y junto a ella al igual que más tarde con segunda esposa no perdía oportunidad de desfogar sus ardientes deseos carnales. Sólo había otra cosa que atrajera tanto su interés: su desmedida devoción religiosa. Varios historiadores han destacado a menudo que pasaba la mayor parte de su tiempo entre la cama y el confesionario.


Tras la muerte de su primera Esposa, Felipe V de Anjou volvio a contraer matrimonio esta vez con la parmesana Isabel de Farnesio.


Con todo, hubo otra mujer que marcó los primeros años de su reinado: la Princesa de los Ursinos, una inteligente noble francesa con notables dotes para la política, que le acompañó a su destino en España. Por lo demás, en aquellos primeros años una pléyade de funcionarios y cortesanos franceses acudieron a España con la misión de realizar drásticas reformas en la administración y la corte española.

Tras la muerte de su primera esposa, Felipe volvió a contraer matrimonio, en esta ocasión con la parmesana Isabel de Farnesio. Hay que reconocerle varios méritos, entre ellos rodearse de personajes capaces de llevar a cabo las reformas que España necesitaba. El reinado de Felipe V es el más largo de todos los Borbones, pues ocupó el trono durante 45 años.

Tras la muerte de Felipe V, el trono lo ocupó su hijo Fernando VI, nacido del matrimonio con María Luisa de Saboya. El nuevo rey llevó la corona mucho menos tiempo que su padre por espacio de trece años, pero el nuevo Borbón estuvo aquejado de los mismos males que habían atormentado a su padre, sufriendo en sus carnes los fantasmas de la depresión y la melancolía. Por el contrario, su reinado fue uno de los más tranquilos de todos los vividos por la dinastía. Cuando le alcanzó la muerte en 1759, Fernando VI no tenía descendientes, por lo que fue su hermanastro Carlos por aquel entonces en tierras italianas como rey de Nápoles y Sicilia, quien se hizo con las riendas de España.


Carlos III se hizo con el trono español llevando consigo un importante bagaje y experiencia como monarca. De tierras italianas se trajo además a dos hombres de su confianza, Grimaldi y el marqués de Esquilache, en cuyas manos dejó buena parte del gobierno de la nación, mientras él se abandonaba a menudo a una de sus pasiones: la caza.

El periodo de control italiano finalizó a raíz del célebre motín de Esquilache (1766), por el que el hasta entonces ministro de Guerra y Hacienda fue destituido, ocupando los más altos cargos del Estado ministros ilustrados españoles. Gracias a personajes como el conde de Floridablanca, el conde de Aranda, Campomanes y otros funcionarios menores, España procedió bajo el reinado de Carlos III a una profunda reforma que continuaba las iniciadas por su hermanastro y su padre. Así, se fomentó la creación de las primeras sociedades económicas de amigos del país, se fomentó la difusión de las “Luces” entre la población, se mejoró la agricultura y se realizaron grandes obras.

Las actuaciones impulsadas por los hombres fuertes de Carlos III alcanzaron también a la Iglesia, destacando la expulsión de los jesuitas (1767), la reorganización del ejército o las disposiciones destinadas a integrar al pueblo gitano.

El reinado de Carlos IV (1788-1808) se pareció muy poco al de su padre. La culpa la tuvo, sobre todo, el estallido de la Revolución Francesa. La caída de los Borbones franceses y el establecimiento de la República en el país vecino alteraron los ánimos del rey y sus ministros, y comenzó la preocupación y más tarde el temor porque aquellos sucesos pudieran reproducirse en España.

Aquellos temores llevaron a severos controles en la frontera, se paralizaron todos los esfuerzos reformistas y se inició una desesperada actuación con el fin de salvar la vida al rey francés Luis XVI. Carlos IV probó suerte en un hombre de su confianza: el jovencísimo Manuel Godoy. El nuevo ministro intentó convencer a algunos diputados galos para salvar la vida del Borbón francés, ofreciendo a cambio el reconocimiento de la República por parte de España y su ayuda para que el resto de naciones europeas hicieran lo propio. La estrategia falló estrepitosamente, y Luis XVI murió guillotinado. Los revolucionarios franceses no se plantaron ahí, sino que iniciaron una invasión en toda regla del norte de España, con la intención de derrocar la monarquía y establecer un Estado aliado. Francia no tardó en ocupar el País Vasco y Cataluña, amenazando Navarra y parte de Castilla, de modo que Godoy no tuvo otra opción que claudicar y firmó la Paz de Basilea en 1795. Con ella se perdió Santo Domingo, aunque se recuperaron los territorios invadidos.

A partir de ese momento España retomó su papel de aliada de Francia frente a Inglaterra, iniciándose un nuevo conflicto armado que supuso severas derrotas para la corona, como la de San Vicente y más tarde la de Trafalgar.  Faltaba poco para que Napoleón se estableciese con sus tropas en España de camino a la invasión de Portugal movimiento que culminaría con la Guerra de la Independencia, aunque antes se iba a producir otro suceso de gran trascendencia. El príncipe de Asturias, el futuro Fernando VII, había comenzado a conspirar con la intención de sustituir a Godoy, destronar a su padre al que detestaba y hacerse con el trono. Su primer intento tuvo lugar en octubre de 1807 durante la llamada Conjura de El Escorial, que terminó en fracaso y con la delación del príncipe a sus colaboradores, incidente que sirvió para desvelar la catadura del futuro monarca. La segunda intentona golpista, acaecida en marzo del año siguiente en Aranjuez, tuvo más éxito. Godoy fue destituido y Carlos IV abdicó en su hijo, quien acabaría convirtiéndose en el más nefasto de todos los Borbones.

Isabel II tenía tan sólo tres años cuando su padre, el nefasto Fernando VII, dijo adiós a este mundo. Fue su madre María Cristina quien se hizo con el trono en calidad de regente, de modo que dos mujeres ocuparon en los años siguientes los puestos más importantes de la Corona española.


La llegada al poder no fue sin embargo un camino de rosas. El hermano del fallecido Fernando VII, el Infante Carlos María Isidro y sus partidarios dinásticos encarnados por los sectores más conservadores y reaccionarios reclamaban el trono, y no tardó en estallar la primera de las guerras carlistas, que se prolongó durante seis años y se convirtió en una guerra civil en toda regla.

Además de las evidentes pérdida de vidas, desgaste económico y drama social, la guerra tuvo también otras consecuencias negativas, entre ellas la reducción al mínimo del papel de España en Europa. Y en todo este tiempo se sucedieron las insurrecciones progresistas, que terminaron motivando el exilio de la regente a raíz de la Revolución de 1840.

Con María Cristina en el exilio, fue Baldomero Espartero quien ocupó el cargo de regente del reino, mientras Isabel II alcanzaba la mayoría de edad. El general tuvo que enfrentarse a los intentos de conspiración de los moderados y también a la oposición de los progresistas. Con el fin de evitar una nueva regencia, se tomó la determinación de adelantar la mayoría de edad de Isabel, de los 16 a los 13 años, por lo que la nueva reina ocupó de forma efectiva el trono en 1843.

Su matrimonio no se hizo esperar, desposándose con su primo Francisco de Asís de Borbón. Fue sin embargo un matrimonio infeliz, del que nacieron once hijos, alguno bajo la sombra de la sospecha de haber sido concebido por alguno de los muchos amantes de la reina. A pesar de los continuos pronunciamientos y revoluciones la ocurrida en 1868, conocida como la Gloriosa, acabó obligando a Isabel II a exiliarse a París y los incesantes cambios entre moderados y progresistas, el reinado de la hija de Fernando VII tuvo también algunos puntos positivos:  España avanzó hacia la centralización, y tanto el comercio como la industria comenzaron a mostrar signos de aceleración.

Dos años después del pronunciamiento de la Gloriosa, la reina Isabel II renunciaba al trono y traspasaba sus derechos dinásticos en la figura de Alfonso XII, quien a partir de ese momento se convertía en legítimo rey de España por sus partidarios isabelinos, aunque estuviese en el exilio.


Mientras, España asistía a una sucesión de mandatos. Eliminados los Borbones de la ecuación, se buscaron posibles candidatos en distintas cortes europeas. Finalmente, el escogido para la difícil tarea fue Amadeo I de Saboya, que únicamente aguantaría en el trono tres años, antes de abdicar. Con aquella renuncia, España disfrutaría brevemente de la Primera República (1873-74).

La Restauración Borbónica que colocaría al fin a Alfonso de Borbón en el trono llegó de la mano del general Martínez Campos, protagonista de un pronunciamiento en 1874. El reinado de Alfonso XII estuvo volcado en conseguir afianzar la monarquía y dar estabilidad al país. En 1876 se firmó la nueva Constitución, al tiempo que terminaba la tercera y última guerra carlista. Tuvo dos esposas y varias amantes, y tras su muerte por tuberculosis a los 28 años, fue su segunda mujer, María Cristina de Austria, quien ocupó la regencia hasta la mayoría de edad de su hijo Alfonso XIII.

Entre tanto, la creciente conciencia de clases y los activos movimientos obreros llevaron a un creciente clima de inestabilidad: en apenas 20 años se sucedieron hasta 32 gobiernos distintos. Se acentuaron las huelgas y los tumultos sociales, hasta que en 1923 el entonces capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, se pronunció en Barcelona dando inicio a una dictadura que se prolongaría durante casi siete años. El rey, que poco antes de acceder al trono se había declarado verdaderamente liberal, recibió con cordialidad a Primo de Rivera en la corte de Madrid, y durante un viaje a Italia meses más tarde, se jactó ante el rey de Italia de que el dictador era “su Mussolini”.

Con las elecciones convocadas en abril de 1931, la victoria de las candidaturas republicanas dio paso a la Segunda República, y el rey decidió abandonar España. En el exilio, y ya acabada la Guerra Civil española, Alfonso XIII renunció a sus derechos sucesorios en 1941, siendo designado su hijo don Juan de Borbón y Battenberg, conde de Barcelona, como legítimo heredero de la Corona española.

Treinta años después don Juan de Borbón haría lo propio con su hijo, Juan Carlos I, convertido en 1975 en el primer Borbón de la democracia en España tras la dictadura del general Francisco Franco hasta su abdicación en 2014 en su hijo Felipe VI.















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