sábado, 14 de mayo de 2016

JURA DE LA BANDERA DE ESPAÑA EN EL CUARTEL 'EL REY' DE LA GUARDIA REAL EN EL PARDO.





Don Javier Terán Conde, realizó la Jura de la Bandera de España en el Cuartel 'El Rey' de la Guardia Real en El Pardo, Madrid presidida por Su Majestad la Reina Doña Sofía.









jueves, 31 de marzo de 2016

LA MONARQUÍA COMO MODELO DE ESTADO



Hoy me gustaría enumerar las principales razones por las que creo que todos los españoles deberíamos apoyar sin ambages a nuestra Monarquía como modelo de Estado.

El sentido democrático de un Rey:  El Rey de España representa a todos los españoles sin excepción, lo cual es intrínsecamente lo más democrático que hay. Mientras que los partidos políticos que gobiernan son elegidos en las urnas en pugna con sus enemigos y, cuando salen elegidos, siempre defienden más los intereses de la parte de la población que les ha elegido que los de la parte que ha votado en su contra, un Rey siempre defiende por igual a todos los españoles, porque no está sujeto a una elección cada 4 años.

El Rey representa la unidad de España: Mientras que en la España de hoy conviven un batiburrillo de partidos políticos entre los que se encuentran buenos partidos pero también partidos que pretenden destrozar su unidad territorial, la Monarquía es el nexo común de unión entre todos los pueblos y territorios de España. Con la Monarquía tenemos un espacio independiente de los partidos que ofrece consenso, libertad, seguridad, igualdad, solidaridad, estabilidad y por encima de todo, unidad. Lo único que une institucionalmente a España en todos los sentidos es el Rey y, por tanto, la Monarquía.
El Rey como cabeza visible: Mientras que la presencia de un presidente de gobierno de cualquier país (a excepción, obviamente, de las grandes superpotencias), pasa prácticamente desapercibida en cualquier lugar, el hecho de que el Rey de España o el Príncipe de Asturias estén presentes en cualquier asunto relacionado con la representación de España en cualquier lugar del mundo, aporta a nuestro país un prestigio y un valor incalculable que jamás podrá aportar ningún político.

El Rey desde el punto de vista de los negocios para España: Dado el potencial del Rey, su imagen, su llegada  y su agenda, nuestro monarca ha aportado durante sus años de reinado muchos de los más potentes contratos internacionales para las empresas españolas. Asimismo, ha dejado abiertas infinitas puertas de cara a que nuestros políticos obtengan negociaciones provechosas para los españoles  y su prestigio exterior es el primer aval para la marca España, que cuando va tras del Rey es sinónimo de éxito. De esto dan sobrada fe los embajadores y los Ministros de Exteriores.
La libertad del Rey para actuar sin ataduras: Mientras que en la actividad institucional, los partidos políticos siempre deben limitar al fin y al cabo su actuación verdadera a aquellos otros partidos políticos que les son afines o con quienes  comparten unas políticas similares, el Rey habla, negocia y trabaja en un entorno libre de tendencias políticas, comportamientos influidos por partidismos y sin tener en cuenta la lucha política. Solo mira por España con seriedad, energía y sin depender de nadie.
La Monarquía como valor histórico: No todos los países tienen la suerte de tener un pasado tan rico culturalmente hablando como España. Nuestra riqueza cultural y nuestra historia siempre ha ido de la mano de la Monarquía, y es una suerte poder vincular nuestra riqueza histórica con el mantenimiento de nuestra  histórica Monarquía, que es la Institución que ha traído a España donde está.
El Rey como Jefe de las Fuerzas Armadas: El hecho de que el Rey sea Jefe de Estado y a la vez de las Fuerzas Armadas imprime en las mismas un carácter unitario y democrático que nos ha venido siempre muy bien, especialmente en momentos como el 23-F, cuando el Rey asumió con honor dicho cargo y reprimió el Golpe de Estado.
Coste de la Monarquía: El coste de una Monarquía Constitucional tiende a ser siempre más bajo que el de una forma de Estado Repúblicana. En el caso español, además, tenemos la Monarquía con el presupuesto más bajo de Europa, solo por encima del Principado de Mónaco, y además en la actualidad se trata de un presupuesto expuesto a luz y taquígrafos. A día de hoy, cada español paga aproximadamente 0,20 céntimos de euro al año para el sostenimiento de la Monarquía. Con un cálculo así, e imaginando que el coste de la Monarquía subiera un 3% anual y que dentro de 100 años seamos 60 millones de españoles, esto supondría que la Monarquía costaría a un español, en toda su vida, un total de 101 euros, algo absolutamente ridículo en comparación con lo recibido gracias a la Monarquía. Por poner solo un ejemplo, el coste de la República de Italia ronda los 120 millones anuales y exige un gigantesco dispositivo de gasto cada pocos años para elegir a un presidente de la República, algo que en España es innecesario.



Gastos que evita la Monarquía: Con una Monarquía, los españoles ahorramos muchísimo dado su carácter permanente. En las repúblicas existen costes electorales presidenciales, gastos de presidencia (independientes de los Primeros Ministros), cientos de asesores para Presidente de la República y/o Primer Ministro, personal a su servicio, sueldos vitalicios para ex presidentes, seguridad, escoltas, residencias y muchos otros conceptos.
El prestigio del Rey: Independientemente de que, como Rey de España, el Rey ostenta una serie de títulos y honores por derecho, nuestro Rey goza de un prestigio internacional imbatible e inigualable por ningún otro personaje privado o público en España, lo que ayuda a engrandecer la imagen y la repercusión de nuestro país. A nivel personal y en nombre de los españoles, el Rey ha contribuido de manera decisiva a estrechar lazos internacionales con España y a potenciar la unidad de Europa. Nadie en España, en ninguna época de la era moderna, ha ostentado en su persona tanto prestigio internacional.

España muestra una fortaleza inusual ante los actores internacionales y la sociedad publica porque la monarquía contribuye al sostenimiento de la soberanía nacional con acciones destinadas al diálogo, la concordia, el respeto a las instituciones y al Estado de derecho, la democracia y la confianza.

Confiamos en que la Monarquía traiga a España muchos éxitos y aciertos tan necesarios para los españoles y mostramos nuestra lealtad y gratitud a Su Majestad el Rey.



domingo, 6 de marzo de 2016

LOS BORBONES EN ESPAÑA









El primer rey Borbón español era nieto del Rey Sol Luis XIV de Francia y se había criado en la deslumbrante corte de Versalles, pero su carácter se parecía poco al de su todopoderoso abuelo. Desde niño mostró una salud débil y un carácter propicio a la melancolía: es decir, a la depresión. Estos desequilibrios mentales se repetirían periódicamente durante el resto de su vida.

El reinado de Felipe V podría dividirse en dos claros periodos, que coinciden con sus dos matrimonios. 


El joven Felipe se casó en primer lugar con María Luisa de Saboya y junto a ella al igual que más tarde con segunda esposa no perdía oportunidad de desfogar sus ardientes deseos carnales. Sólo había otra cosa que atrajera tanto su interés: su desmedida devoción religiosa. Varios historiadores han destacado a menudo que pasaba la mayor parte de su tiempo entre la cama y el confesionario.


Tras la muerte de su primera Esposa, Felipe V de Anjou volvio a contraer matrimonio esta vez con la parmesana Isabel de Farnesio.


Con todo, hubo otra mujer que marcó los primeros años de su reinado: la Princesa de los Ursinos, una inteligente noble francesa con notables dotes para la política, que le acompañó a su destino en España. Por lo demás, en aquellos primeros años una pléyade de funcionarios y cortesanos franceses acudieron a España con la misión de realizar drásticas reformas en la administración y la corte española.

Tras la muerte de su primera esposa, Felipe volvió a contraer matrimonio, en esta ocasión con la parmesana Isabel de Farnesio. Hay que reconocerle varios méritos, entre ellos rodearse de personajes capaces de llevar a cabo las reformas que España necesitaba. El reinado de Felipe V es el más largo de todos los Borbones, pues ocupó el trono durante 45 años.

Tras la muerte de Felipe V, el trono lo ocupó su hijo Fernando VI, nacido del matrimonio con María Luisa de Saboya. El nuevo rey llevó la corona mucho menos tiempo que su padre por espacio de trece años, pero el nuevo Borbón estuvo aquejado de los mismos males que habían atormentado a su padre, sufriendo en sus carnes los fantasmas de la depresión y la melancolía. Por el contrario, su reinado fue uno de los más tranquilos de todos los vividos por la dinastía. Cuando le alcanzó la muerte en 1759, Fernando VI no tenía descendientes, por lo que fue su hermanastro Carlos por aquel entonces en tierras italianas como rey de Nápoles y Sicilia, quien se hizo con las riendas de España.


Carlos III se hizo con el trono español llevando consigo un importante bagaje y experiencia como monarca. De tierras italianas se trajo además a dos hombres de su confianza, Grimaldi y el marqués de Esquilache, en cuyas manos dejó buena parte del gobierno de la nación, mientras él se abandonaba a menudo a una de sus pasiones: la caza.

El periodo de control italiano finalizó a raíz del célebre motín de Esquilache (1766), por el que el hasta entonces ministro de Guerra y Hacienda fue destituido, ocupando los más altos cargos del Estado ministros ilustrados españoles. Gracias a personajes como el conde de Floridablanca, el conde de Aranda, Campomanes y otros funcionarios menores, España procedió bajo el reinado de Carlos III a una profunda reforma que continuaba las iniciadas por su hermanastro y su padre. Así, se fomentó la creación de las primeras sociedades económicas de amigos del país, se fomentó la difusión de las “Luces” entre la población, se mejoró la agricultura y se realizaron grandes obras.

Las actuaciones impulsadas por los hombres fuertes de Carlos III alcanzaron también a la Iglesia, destacando la expulsión de los jesuitas (1767), la reorganización del ejército o las disposiciones destinadas a integrar al pueblo gitano.

El reinado de Carlos IV (1788-1808) se pareció muy poco al de su padre. La culpa la tuvo, sobre todo, el estallido de la Revolución Francesa. La caída de los Borbones franceses y el establecimiento de la República en el país vecino alteraron los ánimos del rey y sus ministros, y comenzó la preocupación y más tarde el temor porque aquellos sucesos pudieran reproducirse en España.

Aquellos temores llevaron a severos controles en la frontera, se paralizaron todos los esfuerzos reformistas y se inició una desesperada actuación con el fin de salvar la vida al rey francés Luis XVI. Carlos IV probó suerte en un hombre de su confianza: el jovencísimo Manuel Godoy. El nuevo ministro intentó convencer a algunos diputados galos para salvar la vida del Borbón francés, ofreciendo a cambio el reconocimiento de la República por parte de España y su ayuda para que el resto de naciones europeas hicieran lo propio. La estrategia falló estrepitosamente, y Luis XVI murió guillotinado. Los revolucionarios franceses no se plantaron ahí, sino que iniciaron una invasión en toda regla del norte de España, con la intención de derrocar la monarquía y establecer un Estado aliado. Francia no tardó en ocupar el País Vasco y Cataluña, amenazando Navarra y parte de Castilla, de modo que Godoy no tuvo otra opción que claudicar y firmó la Paz de Basilea en 1795. Con ella se perdió Santo Domingo, aunque se recuperaron los territorios invadidos.

A partir de ese momento España retomó su papel de aliada de Francia frente a Inglaterra, iniciándose un nuevo conflicto armado que supuso severas derrotas para la corona, como la de San Vicente y más tarde la de Trafalgar.  Faltaba poco para que Napoleón se estableciese con sus tropas en España de camino a la invasión de Portugal movimiento que culminaría con la Guerra de la Independencia, aunque antes se iba a producir otro suceso de gran trascendencia. El príncipe de Asturias, el futuro Fernando VII, había comenzado a conspirar con la intención de sustituir a Godoy, destronar a su padre al que detestaba y hacerse con el trono. Su primer intento tuvo lugar en octubre de 1807 durante la llamada Conjura de El Escorial, que terminó en fracaso y con la delación del príncipe a sus colaboradores, incidente que sirvió para desvelar la catadura del futuro monarca. La segunda intentona golpista, acaecida en marzo del año siguiente en Aranjuez, tuvo más éxito. Godoy fue destituido y Carlos IV abdicó en su hijo, quien acabaría convirtiéndose en el más nefasto de todos los Borbones.

Isabel II tenía tan sólo tres años cuando su padre, el nefasto Fernando VII, dijo adiós a este mundo. Fue su madre María Cristina quien se hizo con el trono en calidad de regente, de modo que dos mujeres ocuparon en los años siguientes los puestos más importantes de la Corona española.


La llegada al poder no fue sin embargo un camino de rosas. El hermano del fallecido Fernando VII, el Infante Carlos María Isidro y sus partidarios dinásticos encarnados por los sectores más conservadores y reaccionarios reclamaban el trono, y no tardó en estallar la primera de las guerras carlistas, que se prolongó durante seis años y se convirtió en una guerra civil en toda regla.

Además de las evidentes pérdida de vidas, desgaste económico y drama social, la guerra tuvo también otras consecuencias negativas, entre ellas la reducción al mínimo del papel de España en Europa. Y en todo este tiempo se sucedieron las insurrecciones progresistas, que terminaron motivando el exilio de la regente a raíz de la Revolución de 1840.

Con María Cristina en el exilio, fue Baldomero Espartero quien ocupó el cargo de regente del reino, mientras Isabel II alcanzaba la mayoría de edad. El general tuvo que enfrentarse a los intentos de conspiración de los moderados y también a la oposición de los progresistas. Con el fin de evitar una nueva regencia, se tomó la determinación de adelantar la mayoría de edad de Isabel, de los 16 a los 13 años, por lo que la nueva reina ocupó de forma efectiva el trono en 1843.

Su matrimonio no se hizo esperar, desposándose con su primo Francisco de Asís de Borbón. Fue sin embargo un matrimonio infeliz, del que nacieron once hijos, alguno bajo la sombra de la sospecha de haber sido concebido por alguno de los muchos amantes de la reina. A pesar de los continuos pronunciamientos y revoluciones la ocurrida en 1868, conocida como la Gloriosa, acabó obligando a Isabel II a exiliarse a París y los incesantes cambios entre moderados y progresistas, el reinado de la hija de Fernando VII tuvo también algunos puntos positivos:  España avanzó hacia la centralización, y tanto el comercio como la industria comenzaron a mostrar signos de aceleración.

Dos años después del pronunciamiento de la Gloriosa, la reina Isabel II renunciaba al trono y traspasaba sus derechos dinásticos en la figura de Alfonso XII, quien a partir de ese momento se convertía en legítimo rey de España por sus partidarios isabelinos, aunque estuviese en el exilio.


Mientras, España asistía a una sucesión de mandatos. Eliminados los Borbones de la ecuación, se buscaron posibles candidatos en distintas cortes europeas. Finalmente, el escogido para la difícil tarea fue Amadeo I de Saboya, que únicamente aguantaría en el trono tres años, antes de abdicar. Con aquella renuncia, España disfrutaría brevemente de la Primera República (1873-74).

La Restauración Borbónica que colocaría al fin a Alfonso de Borbón en el trono llegó de la mano del general Martínez Campos, protagonista de un pronunciamiento en 1874. El reinado de Alfonso XII estuvo volcado en conseguir afianzar la monarquía y dar estabilidad al país. En 1876 se firmó la nueva Constitución, al tiempo que terminaba la tercera y última guerra carlista. Tuvo dos esposas y varias amantes, y tras su muerte por tuberculosis a los 28 años, fue su segunda mujer, María Cristina de Austria, quien ocupó la regencia hasta la mayoría de edad de su hijo Alfonso XIII.

Entre tanto, la creciente conciencia de clases y los activos movimientos obreros llevaron a un creciente clima de inestabilidad: en apenas 20 años se sucedieron hasta 32 gobiernos distintos. Se acentuaron las huelgas y los tumultos sociales, hasta que en 1923 el entonces capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, se pronunció en Barcelona dando inicio a una dictadura que se prolongaría durante casi siete años. El rey, que poco antes de acceder al trono se había declarado verdaderamente liberal, recibió con cordialidad a Primo de Rivera en la corte de Madrid, y durante un viaje a Italia meses más tarde, se jactó ante el rey de Italia de que el dictador era “su Mussolini”.

Con las elecciones convocadas en abril de 1931, la victoria de las candidaturas republicanas dio paso a la Segunda República, y el rey decidió abandonar España. En el exilio, y ya acabada la Guerra Civil española, Alfonso XIII renunció a sus derechos sucesorios en 1941, siendo designado su hijo don Juan de Borbón y Battenberg, conde de Barcelona, como legítimo heredero de la Corona española.

Treinta años después don Juan de Borbón haría lo propio con su hijo, Juan Carlos I, convertido en 1975 en el primer Borbón de la democracia en España tras la dictadura del general Francisco Franco hasta su abdicación en 2014 en su hijo Felipe VI.















lunes, 22 de febrero de 2016

DON JUAN, DON ALFONSO XIII Y FRANCO






Después de la guerra civil ocurrió que Franco no restauraba la monarquía española, que se murió con Su Majestad Don Alfonso XIII de Borbón y Habsburgo-Lorena, que ganaban la guerra mundial las democracias de Europa, y entonces los monárquicos redactaron el Manifiesto de Lausana para decir al mundo que había una alternativa democrática al General Franco, con un rey al frente: Su hijo S.A.R el Infante de España Don Juan de Borbón y Battenberg.  Hasta Estados Unidos e Inglaterra colaboraron en la creación de un gobierno de socialistas, monárquicos y militares, para derrocar a los vencedores de la guerra civil. Y ahí comenzó “la conspiración monárquica” contra el régimen del general Franco y aparecía la Corte desterrada y expectante de Estoril en la vecina Portugal. Los monárquicos de aquel tiempo se dividieron en estas tres clases que paso a diseñar.

Había una clase que representaba la impaciencia por la restauración monárquica. Les parecía que la guerra civil no se había hecho para otra cosa que para devolver la monarquía a España y luego la conjunción política ya se vería cómo se hacía. Los nombres de estos monárquicos están en la memoria de todos. Había otra clase de monárquicos, que consistía en estar bien con los dos: con Madrid y con Estoril; con el General Franco y con Don Juan de Borbón. Les gustaba el régimen sin partidos, sin azañistas y sin revolucionarios, pero todo aquello tenía que estar presidido por el rey. Y la tercera clase de monárquicos eran los que habían inventado una monarquía nueva para un régimen también nuevo y sin falangistas influyentes, que fueron los del Opus Dei.

Voy a dar unos nombres para cada facción monárquica. La primera era la de Vegas Latapie, Quintanar y Sáinz Rodríguez.

La segunda era la de Juan Ignacio Luca de Tena, José María Pemán y el marqués de Valdeiglesias.


 Y la tercera era la de Rafael Calvo Serer, Florentino Pérez Embid y Rodríguez Casado.

Con toda esta gente variada tenía que trastear Su Alteza Real Don Juan de Borbón: así es que su paciencia tuvo que ser excepcional. Más adelante aparecería una cuarta facción, la de los audaces, y éstos eran los que apetecieron las relaciones con Indalecio Prieto, y el personaje principal fue José María Gil Robles. En el fondo, lo que apetecían estas dos personalidades, y que se pusieron verdes en el Congreso tras el asesinato de Calvo Sotelo, era una “República coronada” que se da con la proclamación de Juan Carlos I en 1975.

Así era nuestro monarquismo en la década de los 40 y de los 50. Con todo este panorama, y con la buena acogida de los derrotados de la guerra civil española por el mundo, el General Franco decidió esperar hasta el final de sus días para abrir paso a la monarquía como futuro para España, porque Franco era un monárquico emocional con la figura de Su Majestad Don Alfonso XIII, que fue su padrino de boda y que, además, se vio obligado a ser el protagonista principal de la guerra de África.

Pero a partir de los años 60 se produce otra nueva facción monárquica, en el entorno de Don Juan de Borbón, y que es la de aquellos que tienen clarificada la restauración monárquica a cargo de Don Juan de Borbón, pero aceptando el proceso de liquidación del régimen unido a la vida misma del General Franco. O lo que es lo mismo: monarquía, democracia, paciencia y barajar. Aquí aparecen los hombres que después constituirían el centrismo, en sus alas liberales y democristianas.

Si no hubiera existido Don Juan de Borbón ni sus monárquicos, los juanistas que querían una Monarquía constitucional frente al régimen franquista, todo habría sido diferente, incluido el Rey  Juan Carlos I que no sería partidario de un modelo democrático en el que la Corona confía y respeta.

Si Su Majestad Don Juan Carlos I es un profundo demócrata, lo es gracias al ambiente que recibió en su casa desde niño por las convicciones de su padre un hombre cuyo destino no parecía destinarle a asumir la Corona de España a la que accedió tras la renuncia de sus hermanos Alfonso y Jaime y que navego en unos momentos muy agitados para una España que iba a contracorriente a las posibilidades de que un miembro de la familia Borbón volviera a reinar.

Pero lo más importante de esta historia es que la Corona estuvo a la altura de las circunstancias y sirvió para la reconciliación a los españoles y el regreso de la democracia.