jueves, 31 de marzo de 2016

LA MONARQUÍA COMO MODELO DE ESTADO



Hoy me gustaría enumerar las principales razones por las que creo que todos los españoles deberíamos apoyar sin ambages a nuestra Monarquía como modelo de Estado.

El sentido democrático de un Rey:  El Rey de España representa a todos los españoles sin excepción, lo cual es intrínsecamente lo más democrático que hay. Mientras que los partidos políticos que gobiernan son elegidos en las urnas en pugna con sus enemigos y, cuando salen elegidos, siempre defienden más los intereses de la parte de la población que les ha elegido que los de la parte que ha votado en su contra, un Rey siempre defiende por igual a todos los españoles, porque no está sujeto a una elección cada 4 años.

El Rey representa la unidad de España: Mientras que en la España de hoy conviven un batiburrillo de partidos políticos entre los que se encuentran buenos partidos pero también partidos que pretenden destrozar su unidad territorial, la Monarquía es el nexo común de unión entre todos los pueblos y territorios de España. Con la Monarquía tenemos un espacio independiente de los partidos que ofrece consenso, libertad, seguridad, igualdad, solidaridad, estabilidad y por encima de todo, unidad. Lo único que une institucionalmente a España en todos los sentidos es el Rey y, por tanto, la Monarquía.
El Rey como cabeza visible: Mientras que la presencia de un presidente de gobierno de cualquier país (a excepción, obviamente, de las grandes superpotencias), pasa prácticamente desapercibida en cualquier lugar, el hecho de que el Rey de España o el Príncipe de Asturias estén presentes en cualquier asunto relacionado con la representación de España en cualquier lugar del mundo, aporta a nuestro país un prestigio y un valor incalculable que jamás podrá aportar ningún político.

El Rey desde el punto de vista de los negocios para España: Dado el potencial del Rey, su imagen, su llegada  y su agenda, nuestro monarca ha aportado durante sus años de reinado muchos de los más potentes contratos internacionales para las empresas españolas. Asimismo, ha dejado abiertas infinitas puertas de cara a que nuestros políticos obtengan negociaciones provechosas para los españoles  y su prestigio exterior es el primer aval para la marca España, que cuando va tras del Rey es sinónimo de éxito. De esto dan sobrada fe los embajadores y los Ministros de Exteriores.
La libertad del Rey para actuar sin ataduras: Mientras que en la actividad institucional, los partidos políticos siempre deben limitar al fin y al cabo su actuación verdadera a aquellos otros partidos políticos que les son afines o con quienes  comparten unas políticas similares, el Rey habla, negocia y trabaja en un entorno libre de tendencias políticas, comportamientos influidos por partidismos y sin tener en cuenta la lucha política. Solo mira por España con seriedad, energía y sin depender de nadie.
La Monarquía como valor histórico: No todos los países tienen la suerte de tener un pasado tan rico culturalmente hablando como España. Nuestra riqueza cultural y nuestra historia siempre ha ido de la mano de la Monarquía, y es una suerte poder vincular nuestra riqueza histórica con el mantenimiento de nuestra  histórica Monarquía, que es la Institución que ha traído a España donde está.
El Rey como Jefe de las Fuerzas Armadas: El hecho de que el Rey sea Jefe de Estado y a la vez de las Fuerzas Armadas imprime en las mismas un carácter unitario y democrático que nos ha venido siempre muy bien, especialmente en momentos como el 23-F, cuando el Rey asumió con honor dicho cargo y reprimió el Golpe de Estado.
Coste de la Monarquía: El coste de una Monarquía Constitucional tiende a ser siempre más bajo que el de una forma de Estado Repúblicana. En el caso español, además, tenemos la Monarquía con el presupuesto más bajo de Europa, solo por encima del Principado de Mónaco, y además en la actualidad se trata de un presupuesto expuesto a luz y taquígrafos. A día de hoy, cada español paga aproximadamente 0,20 céntimos de euro al año para el sostenimiento de la Monarquía. Con un cálculo así, e imaginando que el coste de la Monarquía subiera un 3% anual y que dentro de 100 años seamos 60 millones de españoles, esto supondría que la Monarquía costaría a un español, en toda su vida, un total de 101 euros, algo absolutamente ridículo en comparación con lo recibido gracias a la Monarquía. Por poner solo un ejemplo, el coste de la República de Italia ronda los 120 millones anuales y exige un gigantesco dispositivo de gasto cada pocos años para elegir a un presidente de la República, algo que en España es innecesario.



Gastos que evita la Monarquía: Con una Monarquía, los españoles ahorramos muchísimo dado su carácter permanente. En las repúblicas existen costes electorales presidenciales, gastos de presidencia (independientes de los Primeros Ministros), cientos de asesores para Presidente de la República y/o Primer Ministro, personal a su servicio, sueldos vitalicios para ex presidentes, seguridad, escoltas, residencias y muchos otros conceptos.
El prestigio del Rey: Independientemente de que, como Rey de España, el Rey ostenta una serie de títulos y honores por derecho, nuestro Rey goza de un prestigio internacional imbatible e inigualable por ningún otro personaje privado o público en España, lo que ayuda a engrandecer la imagen y la repercusión de nuestro país. A nivel personal y en nombre de los españoles, el Rey ha contribuido de manera decisiva a estrechar lazos internacionales con España y a potenciar la unidad de Europa. Nadie en España, en ninguna época de la era moderna, ha ostentado en su persona tanto prestigio internacional.

España muestra una fortaleza inusual ante los actores internacionales y la sociedad publica porque la monarquía contribuye al sostenimiento de la soberanía nacional con acciones destinadas al diálogo, la concordia, el respeto a las instituciones y al Estado de derecho, la democracia y la confianza.

Confiamos en que la Monarquía traiga a España muchos éxitos y aciertos tan necesarios para los españoles y mostramos nuestra lealtad y gratitud a Su Majestad el Rey.



domingo, 6 de marzo de 2016

LOS BORBONES EN ESPAÑA









El primer rey Borbón español era nieto del Rey Sol Luis XIV de Francia y se había criado en la deslumbrante corte de Versalles, pero su carácter se parecía poco al de su todopoderoso abuelo. Desde niño mostró una salud débil y un carácter propicio a la melancolía: es decir, a la depresión. Estos desequilibrios mentales se repetirían periódicamente durante el resto de su vida.

El reinado de Felipe V podría dividirse en dos claros periodos, que coinciden con sus dos matrimonios. 


El joven Felipe se casó en primer lugar con María Luisa de Saboya y junto a ella al igual que más tarde con segunda esposa no perdía oportunidad de desfogar sus ardientes deseos carnales. Sólo había otra cosa que atrajera tanto su interés: su desmedida devoción religiosa. Varios historiadores han destacado a menudo que pasaba la mayor parte de su tiempo entre la cama y el confesionario.


Tras la muerte de su primera Esposa, Felipe V de Anjou volvio a contraer matrimonio esta vez con la parmesana Isabel de Farnesio.


Con todo, hubo otra mujer que marcó los primeros años de su reinado: la Princesa de los Ursinos, una inteligente noble francesa con notables dotes para la política, que le acompañó a su destino en España. Por lo demás, en aquellos primeros años una pléyade de funcionarios y cortesanos franceses acudieron a España con la misión de realizar drásticas reformas en la administración y la corte española.

Tras la muerte de su primera esposa, Felipe volvió a contraer matrimonio, en esta ocasión con la parmesana Isabel de Farnesio. Hay que reconocerle varios méritos, entre ellos rodearse de personajes capaces de llevar a cabo las reformas que España necesitaba. El reinado de Felipe V es el más largo de todos los Borbones, pues ocupó el trono durante 45 años.

Tras la muerte de Felipe V, el trono lo ocupó su hijo Fernando VI, nacido del matrimonio con María Luisa de Saboya. El nuevo rey llevó la corona mucho menos tiempo que su padre por espacio de trece años, pero el nuevo Borbón estuvo aquejado de los mismos males que habían atormentado a su padre, sufriendo en sus carnes los fantasmas de la depresión y la melancolía. Por el contrario, su reinado fue uno de los más tranquilos de todos los vividos por la dinastía. Cuando le alcanzó la muerte en 1759, Fernando VI no tenía descendientes, por lo que fue su hermanastro Carlos por aquel entonces en tierras italianas como rey de Nápoles y Sicilia, quien se hizo con las riendas de España.


Carlos III se hizo con el trono español llevando consigo un importante bagaje y experiencia como monarca. De tierras italianas se trajo además a dos hombres de su confianza, Grimaldi y el marqués de Esquilache, en cuyas manos dejó buena parte del gobierno de la nación, mientras él se abandonaba a menudo a una de sus pasiones: la caza.

El periodo de control italiano finalizó a raíz del célebre motín de Esquilache (1766), por el que el hasta entonces ministro de Guerra y Hacienda fue destituido, ocupando los más altos cargos del Estado ministros ilustrados españoles. Gracias a personajes como el conde de Floridablanca, el conde de Aranda, Campomanes y otros funcionarios menores, España procedió bajo el reinado de Carlos III a una profunda reforma que continuaba las iniciadas por su hermanastro y su padre. Así, se fomentó la creación de las primeras sociedades económicas de amigos del país, se fomentó la difusión de las “Luces” entre la población, se mejoró la agricultura y se realizaron grandes obras.

Las actuaciones impulsadas por los hombres fuertes de Carlos III alcanzaron también a la Iglesia, destacando la expulsión de los jesuitas (1767), la reorganización del ejército o las disposiciones destinadas a integrar al pueblo gitano.

El reinado de Carlos IV (1788-1808) se pareció muy poco al de su padre. La culpa la tuvo, sobre todo, el estallido de la Revolución Francesa. La caída de los Borbones franceses y el establecimiento de la República en el país vecino alteraron los ánimos del rey y sus ministros, y comenzó la preocupación y más tarde el temor porque aquellos sucesos pudieran reproducirse en España.

Aquellos temores llevaron a severos controles en la frontera, se paralizaron todos los esfuerzos reformistas y se inició una desesperada actuación con el fin de salvar la vida al rey francés Luis XVI. Carlos IV probó suerte en un hombre de su confianza: el jovencísimo Manuel Godoy. El nuevo ministro intentó convencer a algunos diputados galos para salvar la vida del Borbón francés, ofreciendo a cambio el reconocimiento de la República por parte de España y su ayuda para que el resto de naciones europeas hicieran lo propio. La estrategia falló estrepitosamente, y Luis XVI murió guillotinado. Los revolucionarios franceses no se plantaron ahí, sino que iniciaron una invasión en toda regla del norte de España, con la intención de derrocar la monarquía y establecer un Estado aliado. Francia no tardó en ocupar el País Vasco y Cataluña, amenazando Navarra y parte de Castilla, de modo que Godoy no tuvo otra opción que claudicar y firmó la Paz de Basilea en 1795. Con ella se perdió Santo Domingo, aunque se recuperaron los territorios invadidos.

A partir de ese momento España retomó su papel de aliada de Francia frente a Inglaterra, iniciándose un nuevo conflicto armado que supuso severas derrotas para la corona, como la de San Vicente y más tarde la de Trafalgar.  Faltaba poco para que Napoleón se estableciese con sus tropas en España de camino a la invasión de Portugal movimiento que culminaría con la Guerra de la Independencia, aunque antes se iba a producir otro suceso de gran trascendencia. El príncipe de Asturias, el futuro Fernando VII, había comenzado a conspirar con la intención de sustituir a Godoy, destronar a su padre al que detestaba y hacerse con el trono. Su primer intento tuvo lugar en octubre de 1807 durante la llamada Conjura de El Escorial, que terminó en fracaso y con la delación del príncipe a sus colaboradores, incidente que sirvió para desvelar la catadura del futuro monarca. La segunda intentona golpista, acaecida en marzo del año siguiente en Aranjuez, tuvo más éxito. Godoy fue destituido y Carlos IV abdicó en su hijo, quien acabaría convirtiéndose en el más nefasto de todos los Borbones.

Isabel II tenía tan sólo tres años cuando su padre, el nefasto Fernando VII, dijo adiós a este mundo. Fue su madre María Cristina quien se hizo con el trono en calidad de regente, de modo que dos mujeres ocuparon en los años siguientes los puestos más importantes de la Corona española.


La llegada al poder no fue sin embargo un camino de rosas. El hermano del fallecido Fernando VII, el Infante Carlos María Isidro y sus partidarios dinásticos encarnados por los sectores más conservadores y reaccionarios reclamaban el trono, y no tardó en estallar la primera de las guerras carlistas, que se prolongó durante seis años y se convirtió en una guerra civil en toda regla.

Además de las evidentes pérdida de vidas, desgaste económico y drama social, la guerra tuvo también otras consecuencias negativas, entre ellas la reducción al mínimo del papel de España en Europa. Y en todo este tiempo se sucedieron las insurrecciones progresistas, que terminaron motivando el exilio de la regente a raíz de la Revolución de 1840.

Con María Cristina en el exilio, fue Baldomero Espartero quien ocupó el cargo de regente del reino, mientras Isabel II alcanzaba la mayoría de edad. El general tuvo que enfrentarse a los intentos de conspiración de los moderados y también a la oposición de los progresistas. Con el fin de evitar una nueva regencia, se tomó la determinación de adelantar la mayoría de edad de Isabel, de los 16 a los 13 años, por lo que la nueva reina ocupó de forma efectiva el trono en 1843.

Su matrimonio no se hizo esperar, desposándose con su primo Francisco de Asís de Borbón. Fue sin embargo un matrimonio infeliz, del que nacieron once hijos, alguno bajo la sombra de la sospecha de haber sido concebido por alguno de los muchos amantes de la reina. A pesar de los continuos pronunciamientos y revoluciones la ocurrida en 1868, conocida como la Gloriosa, acabó obligando a Isabel II a exiliarse a París y los incesantes cambios entre moderados y progresistas, el reinado de la hija de Fernando VII tuvo también algunos puntos positivos:  España avanzó hacia la centralización, y tanto el comercio como la industria comenzaron a mostrar signos de aceleración.

Dos años después del pronunciamiento de la Gloriosa, la reina Isabel II renunciaba al trono y traspasaba sus derechos dinásticos en la figura de Alfonso XII, quien a partir de ese momento se convertía en legítimo rey de España por sus partidarios isabelinos, aunque estuviese en el exilio.


Mientras, España asistía a una sucesión de mandatos. Eliminados los Borbones de la ecuación, se buscaron posibles candidatos en distintas cortes europeas. Finalmente, el escogido para la difícil tarea fue Amadeo I de Saboya, que únicamente aguantaría en el trono tres años, antes de abdicar. Con aquella renuncia, España disfrutaría brevemente de la Primera República (1873-74).

La Restauración Borbónica que colocaría al fin a Alfonso de Borbón en el trono llegó de la mano del general Martínez Campos, protagonista de un pronunciamiento en 1874. El reinado de Alfonso XII estuvo volcado en conseguir afianzar la monarquía y dar estabilidad al país. En 1876 se firmó la nueva Constitución, al tiempo que terminaba la tercera y última guerra carlista. Tuvo dos esposas y varias amantes, y tras su muerte por tuberculosis a los 28 años, fue su segunda mujer, María Cristina de Austria, quien ocupó la regencia hasta la mayoría de edad de su hijo Alfonso XIII.

Entre tanto, la creciente conciencia de clases y los activos movimientos obreros llevaron a un creciente clima de inestabilidad: en apenas 20 años se sucedieron hasta 32 gobiernos distintos. Se acentuaron las huelgas y los tumultos sociales, hasta que en 1923 el entonces capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, se pronunció en Barcelona dando inicio a una dictadura que se prolongaría durante casi siete años. El rey, que poco antes de acceder al trono se había declarado verdaderamente liberal, recibió con cordialidad a Primo de Rivera en la corte de Madrid, y durante un viaje a Italia meses más tarde, se jactó ante el rey de Italia de que el dictador era “su Mussolini”.

Con las elecciones convocadas en abril de 1931, la victoria de las candidaturas republicanas dio paso a la Segunda República, y el rey decidió abandonar España. En el exilio, y ya acabada la Guerra Civil española, Alfonso XIII renunció a sus derechos sucesorios en 1941, siendo designado su hijo don Juan de Borbón y Battenberg, conde de Barcelona, como legítimo heredero de la Corona española.

Treinta años después don Juan de Borbón haría lo propio con su hijo, Juan Carlos I, convertido en 1975 en el primer Borbón de la democracia en España tras la dictadura del general Francisco Franco hasta su abdicación en 2014 en su hijo Felipe VI.















lunes, 22 de febrero de 2016

DON JUAN, DON ALFONSO XIII Y FRANCO






Después de la guerra civil ocurrió que Franco no restauraba la monarquía española, que se murió con Su Majestad Don Alfonso XIII de Borbón y Habsburgo-Lorena, que ganaban la guerra mundial las democracias de Europa, y entonces los monárquicos redactaron el Manifiesto de Lausana para decir al mundo que había una alternativa democrática al General Franco, con un rey al frente: Su hijo el Infante de España Don Juan de Borbón y Battenberg.  Hasta Estados Unidos e Inglaterra colaboraron en la creación de un gobierno de socialistas, monárquicos y militares, para derrocar a los vencedores de la guerra civil. Y ahí comenzó “la conspiración monárquica” contra el régimen del general Franco y aparecía la Corte desterrada y expectante de Estoril en la vecina Portugal. Los monárquicos de aquel tiempo se dividieron en estas tres clases que paso a diseñar.

Había una clase que representaba la impaciencia por la restauración monárquica. Les parecía que la guerra civil no se había hecho para otra cosa que para devolver la monarquía a España y luego la conjunción política ya se vería cómo se hacía. Los nombres de estos monárquicos están en la memoria de todos. Había otra clase de monárquicos, que consistía en estar bien con los dos: con Madrid y con Estoril; con el General Franco y con Don Juan de Borbón. Les gustaba el régimen sin partidos, sin azañistas y sin revolucionarios, pero todo aquello tenía que estar presidido por el rey. Y la tercera clase de monárquicos eran los que habían inventado una monarquía nueva para un régimen también nuevo y sin falangistas influyentes, que fueron los del Opus Dei.

Voy a dar unos nombres para cada facción monárquica. La primera era la de Vegas Latapie, Quintanar y Sáinz Rodríguez.

La segunda era la de Juan Ignacio Luca de Tena, José María Pemán y el marqués de Valdeiglesias.


 Y la tercera era la de Rafael Calvo Serer, Florentino Pérez Embid y Rodríguez Casado.

Con toda esta gente variada tenía que trastear Su Alteza Real Don Juan de Borbón: así es que su paciencia tuvo que ser excepcional. Más adelante aparecería una cuarta facción, la de los audaces, y éstos eran los que apetecieron las relaciones con Indalecio Prieto, y el personaje principal fue José María Gil Robles. En el fondo, lo que apetecían estas dos personalidades, y que se pusieron verdes en el Congreso tras el asesinato de Calvo Sotelo, era una “República coronada” que se da con la proclamación de Juan Carlos I en 1975.

Así era nuestro monarquismo en la década de los 40 y de los 50. Con todo este panorama, y con la buena acogida de los derrotados de la guerra civil española por el mundo, el General Franco decidió esperar hasta el final de sus días para abrir paso a la monarquía como futuro para España, porque Franco era un monárquico emocional con la figura de Su Majestad Don Alfonso XIII, que fue su padrino de boda y que, además, se vio obligado a ser el protagonista principal de la guerra de África.

Pero a partir de los años 60 se produce otra nueva facción monárquica, en el entorno de Don Juan de Borbón, y que es la de aquellos que tienen clarificada la restauración monárquica a cargo de don Juan de Borbón, pero aceptando el proceso de liquidación del régimen unido a la vida misma del General Franco. O lo que es lo mismo: monarquía, democracia, paciencia y barajar. Aquí aparecen los hombres que después constituirían el centrismo, en sus alas liberales y democristianas.

Si no hubiera existido Don Juan de Borbón ni sus monárquicos, los juanistas que querían una Monarquía constitucional frente al régimen franquista, todo habría sido diferente, incluido el Rey  Juan Carlos I que no sería partidario de un modelo democrático en el que la Corona confía y respeta.

Si Su Majestad Don Juan Carlos I es un profundo demócrata, lo es gracias al ambiente que recibió en su casa desde niño por las convicciones de su padre un hombre cuyo destino no parecía destinarle a asumir la Corona de España a la que accedió tras la renuncia de sus hermanos Alfonso y Jaime y que navego en unos momentos muy agitados para una España que iba a contracorriente a las posibilidades de que un miembro de la familia Borbón volviera a reinar.

Pero lo más importante de esta historia es que la Corona estuvo a la altura de las circunstancias y sirvió para la reconciliación a los españoles y el regreso de la democracia.

sábado, 16 de enero de 2016

DISCURSO DE PROCLAMACIÓN DE SU MAJESTAD EL REY FELIPE VI ANTE LAS CORTES GENERALES DE ESPAÑA






Discurso de Proclamación de Su Majestad el Rey Felipe VI
 ante las Cortes Generales de España.


    Madrid, 19 de Junio 2014.

Comparezco hoy ante Las Cortes Generales para pronunciar el juramento previsto en nuestra Constitución y ser proclamado Rey de España. Cumplido ese deber constitucional, quiero expresar el reconocimiento y el respeto de la Corona a estas Cámaras, depositarias de la soberanía nacional. Y permítanme que me dirija a sus señorías y desde aquí, en un día como hoy, al conjunto de los españoles.

Inicio mi reinado con una profunda emoción por el honor que supone asumir la Corona, consciente de la responsabilidad que comporta y con la mayor esperanza en el futuro de España.

Una nación forjada a lo largo de siglos de Historia por el trabajo compartido de millones de personas de todos los lugares de nuestro territorio y sin cuya participación no puede entenderse el curso de la Humanidad.

Una gran nación, Señorías, en la que creo, a la que quiero y a la que admiro; y a cuyo destino me he sentido unido toda mi vida, como Príncipe Heredero y hoy ya como Rey de España.

Ante sus Señorías y ante todos los españoles también con una gran emoción quiero rendir un homenaje de gratitud y respeto hacia mi padre, el Rey Juan Carlos I. Un reinado excepcional pasa hoy a formar parte de nuestra historia con un legado político extraordinario. Como muy bien ha dicho el presidente del Congreso, hace casi 40 años, desde esta tribuna, mi padre manifestó que quería ser Rey de todos los españoles. Y lo ha sido. Apeló a los valores defendidos por mi abuelo el Conde de Barcelona y nos convocó a un gran proyecto de concordia nacional que ha dado lugar a los mejores años de nuestra historia contemporánea.

En la persona del Rey Juan Carlos rendimos hoy el agradecimiento que merece una generación de ciudadanos que abrió camino a la democracia, al entendimiento entre los españoles y a su convivencia en libertad. Esa generación, bajo su liderazgo y con el impulso protagonista del pueblo español, construyó los cimientos de un edificio político que logró superar diferencias que parecían insalvables, conseguir la reconciliación de los españoles, reconocer a España en su pluralidad y recuperar para nuestra Nación su lugar en el mundo.

Y me permitirán también, Señorías, que agradezca a mi madre, la Reina Sofía, toda una vida de trabajo impecable al servicio de los españoles. Su dedicación y lealtad al Rey Juan Carlos, su dignidad y sentido de la responsabilidad, son un ejemplo que merece un emocionado tributo de gratitud que hoy como hijo y como Rey quiero dedicarle. Juntos, los Reyes Juan Carlos y Sofía, desde hace más de 50 años, se han entregado a España. Espero que podamos seguir contando muchos años con su apoyo, su experiencia y su cariño.

A lo largo de mi vida como Príncipe de Asturias, de Girona y de Viana, mi fidelidad a la Constitución ha sido permanente, como irrenunciable ha sido y es mi compromiso con los valores en los que descansa nuestra convivencia democrática. Así fui educado desde niño en mi familia, al igual que por mis maestros y profesores. A todos ellos les debo mucho y se lo agradezco ahora y siempre. Y en esos mismos valores de libertad, de responsabilidad, de solidaridad y de tolerancia, la Reina y yo educamos a nuestras hijas, la Princesa de Asturias, Leonor, y la Infanta Sofía.

Señoras y Señores Diputados y Senadores,

Hoy puedo afirmar ante estas Cámaras y lo celebro que comienza el reinado de un Rey constitucional.

Un Rey que accede a la primera magistratura del Estado de acuerdo con una Constitución que fue refrendada por los españoles y que es nuestra norma suprema desde hace ya más de 35 años.

Un Rey que debe atenerse al ejercicio de las funciones que constitucionalmente le han sido encomendadas y, por ello, ser símbolo de la unidad y permanencia del Estado, asumir su más alta representación y arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones.

Un Rey, en fin, que ha de respetar también el principio de separación de poderes y, por tanto, cumplir las leyes aprobadas por las Cortes Generales, colaborar con el Gobierno de la Nación a quien corresponde la dirección de la política nacional y respetar en todo momento la independencia del Poder Judicial.

No tengan dudas, Señorías, de que sabré hacer honor al juramento que acabo de pronunciar; y de que, en el desempeño de mis responsabilidades, encontrarán en mí a un Jefe del Estado leal y dispuesto a escuchar, a comprender, a advertir y a aconsejar; y también a defender siempre los intereses generales.

Y permítanme añadir, que a la celebración de este acto de tanta trascendencia histórica, pero también de normalidad constitucional, se une mi convicción personal de que la Monarquía Parlamentaria puede y debe seguir prestando un servicio fundamental a España.

La independencia de la Corona, su neutralidad política y su vocación integradora ante las diferentes opciones ideológicas, le permiten contribuir a la estabilidad de nuestro sistema político, facilitar el equilibrio con los demás órganos constitucionales y territoriales, favorecer el ordenado funcionamiento del Estado y ser cauce para la cohesión entre los españoles. Todos ellos, valores políticos esenciales para la convivencia, para la organización y desarrollo de nuestra vida colectiva.

Pero las exigencias de la Corona no se agotan en el cumplimiento de sus funciones constitucionales. He sido consciente, desde siempre, de que la Monarquía Parlamentaria debe estar abierta y comprometida con la sociedad a la que sirve; ha de ser una fiel y leal intérprete de las aspiraciones y esperanzas de los ciudadanos, y debe compartir y sentir como propios sus éxitos y sus fracasos.

La Corona debe buscar la cercanía con los ciudadanos, saber ganarse continuamente su aprecio, su respeto y su confianza; y para ello, velar por la dignidad de la institución, preservar su prestigio y observar una conducta íntegra, honesta y transparente, como corresponde a su función institucional y a su responsabilidad social. Porque, sólo de esa manera, se hará acreedora de la autoridad moral necesaria para el ejercicio de sus funciones. Hoy, más que nunca, los ciudadanos demandan con toda la razón que los principios morales y éticos inspiren y la ejemplaridad presida- nuestra vida pública. Y el Rey, a la cabeza del Estado, tiene que ser no sólo un referente sino también un servidor de esa justa y legítima exigencia de todos los ciudadanos.

Éstas son, Señorías, mis convicciones sobre la Corona que, desde hoy, encarno: una Monarquía renovada para un tiempo nuevo. Y afronto mi tarea con energía, con ilusión y con el espíritu abierto y renovador que inspira a los hombres y mujeres de mi generación.

Señoras y Señores Diputados y Senadores,

Hoy es un día en el que, si tuviéramos que mirar hacia el pasado, me gustaría que lo hiciéramos sin nostalgia, pero con un gran respeto hacia nuestra historia; con espíritu de superación de lo que nos ha separado o dividido; para así recordar y celebrar todo lo que nos une y nos da fuerza y solidez hacia el futuro.

En esa mirada deben estar siempre presentes, con un inmenso respeto también, todos aquellos que, víctimas de la violencia terrorista, perdieron su vida o sufrieron por defender nuestra libertad. Su recuerdo permanecerá en nuestra memoria y en nuestro corazón. Y la victoria del Estado de Derecho, junto a nuestro mayor afecto, será el mejor reconocimiento a la dignidad que merecen.

Y mirando a nuestra situación actual, Señorías, quiero también transmitir mi cercanía y solidaridad a todos aquellos ciudadanos a los que, el rigor de la crisis económica ha golpeado duramente hasta verse heridos en su dignidad como personas. Tenemos con ellos el deber moral de trabajar para revertir esta situación y el deber ciudadano de ofrecer protección a las personas y a las familias más vulnerables. Y tenemos también la obligación de transmitir un mensaje de esperanza particularmente a los más jóvenes- de que la solución de sus problemas y en particular la obtención de un empleo, sea una prioridad para la sociedad y para el Estado. Sé que todas sus Señorías comparten estas preocupaciones y estos objetivos.

Pero sobre todo, Señorías, hoy es un día en el que me gustaría que miráramos hacia adelante, hacia el futuro; hacia la España renovada que debemos seguir construyendo todos juntos al comenzar este nuevo reinado.

A lo largo de estos últimos años y no sin dificultades- hemos convivido en democracia, superando finalmente tiempos de tragedia, de silencio y oscuridad. Preservar los principios e ideales en los que se ha basado esa convivencia y a los que me he referido antes, no sólo es un acto de justicia con las generaciones que nos han precedido, sino una fuente de inspiración y ejemplo en todo momento para nuestra vida pública. Y garantizar la convivencia en paz y en libertad de los españoles es y será siempre una responsabilidad ineludible de todos los poderes públicos.

Los hombres y mujeres de mi generación somos herederos de ese gran éxito colectivo admirado por todo el mundo y del que nos sentimos tan orgullosos. A nosotros nos corresponde saber transmitirlo a las generaciones más jóvenes.

Pero también es un deber que tenemos con ellas y con nosotros mismos-, mejorar ese valioso legado, y acrecentar el patrimonio colectivo de libertades y derechos que tanto nos ha costado conseguir. Porque todo tiempo político tiene sus propios retos; porque toda obra política como toda obra humana es siempre una tarea inacabada. 
Éstas son, Señorías, mis convicciones sobre la Corona que, desde hoy, encarno: una Monarquía renovada para un tiempo nuevo. Y afronto mi tarea con energía, con ilusión y con el espíritu abierto y renovador que inspira a los hombres y mujeres de mi generación.



Los españoles y especialmente los hombres y mujeres de mi generación, Señorías, aspiramos a revitalizar nuestras instituciones, a reafirmar, en nuestras acciones, la primacía de los intereses generales y a fortalecer nuestra cultura democrática.

Aspiramos a una España en la que se puedan alcanzar acuerdos entre las fuerzas políticas sobre las materias y en los momentos en que así lo aconseje el interés general.

Queremos que los ciudadanos y sus preocupaciones sean el eje de la acción política, pues son ellos quienes con su esfuerzo, trabajo y sacrificio engrandecen nuestro Estado y dan sentido a las instituciones que lo integran. 

Deseamos una España en la que los ciudadanos recuperen y mantengan la confianza en sus instituciones y una sociedad basada en el civismo y en la tolerancia, en la honestidad y en el rigor, siempre con una mentalidad abierta y con un espíritu solidario.

Y deseamos, en fin, una España en la que no se rompan nunca los puentes del entendimiento, que es uno de los principios inspiradores de nuestro espíritu constitucional.

En ese marco de esperanza quiero reafirmar, como Rey, mi fe en la unidad de España, de la que la Corona es símbolo. Unidad que no es uniformidad, Señorías, desde que en 1978 la Constitución reconoció nuestra diversidad como una característica que define nuestra propia identidad, al proclamar su voluntad de proteger a todos los pueblos de España, sus tradiciones y culturas, lenguas e instituciones. Una diversidad que nace de nuestra historia, nos engrandece y nos debe fortalecer.

En España han convivido históricamente tradiciones y culturas diversas con las que de continuo se han enriquecido todos sus pueblos. Y esa suma, esa interrelación de culturas y tradiciones tiene su mejor expresión en el concierto de las lenguas. Junto al castellano, lengua oficial del Estado, las otras lenguas de España forman un patrimonio común que, tal y como establece la Constitución, debe ser objeto de especial respeto y protección; pues las lenguas constituyen las vías naturales de acceso al conocimiento de los pueblos y son a la vez los puentes para el diálogo de todos los españoles. Y así lo han considerado y reclamado escritores tan señeros como Antonio Machado, Espriu, Aresti o Castelao.

En esa España, unida y diversa, basada en la igualdad de los españoles, en la solidaridad entre sus pueblos y en el respeto a la ley, cabemos todos; caben todos los sentimientos y sensibilidades, caben todas las formas de sentirse español. Porque los sentimientos, más aún en los tiempos de la construcción europea, no deben nunca enfrentar, dividir o excluir, sino comprender y respetar, convivir y compartir.

Y esa convivencia, la debemos revitalizar cada día, con el ejercicio individual y colectivo del respeto mutuo y el aprecio por los logros recíprocos. Debemos hacerlo con el afecto sincero, con la amistad y con los vínculos de hermandad y fraternidad que son indispensables para alimentar las ilusiones colectivas.

Trabajemos todos juntos, Señorías, cada uno con su propia personalidad y enriqueciendo la colectiva; hagámoslo con lealtad, en torno a los nuevos objetivos comunes que nos plantea el siglo XXI. Porque una nación no es sólo su historia, es también un proyecto integrador, sentido y compartido por todos, que mire hacia el futuro.

Un nuevo siglo, Señorías, que ha nacido bajo el signo del cambio y la transformación y que nos sitúa en una realidad bien distinta de la del siglo XX.

Todos somos conscientes de que estamos asistiendo a profundas transformaciones en nuestras vidas que nos alejan de la forma tradicional de ver el mundo y de situarnos en él. Y que, al tiempo que dan lugar a incertidumbre, inquietud, o temor en los ciudadanos, abren también nuevas oportunidades de progreso.

Afrontar todos estos retos y dar respuestas a los nuevos desafíos que afectan a nuestra convivencia, requiere el concurso de todos: de los poderes públicos, a los que corresponde liderar y definir nuestros grandes objetivos nacionales; pero también a los ciudadanos, de su impulso, su convicción y su participación activa. Es una tarea que demanda un profundo cambio de muchas mentalidades y actitudes y, por supuesto, gran determinación y valentía, visión y responsabilidad.

Nuestra Historia nos enseña que los grandes avances de España se han producido cuando hemos evolucionado y nos hemos adaptado a la realidad de cada tiempo; cuando hemos renunciado al conformismo o a la resignación y hemos sido capaces de levantar la vista y mirar más allá -y por encima- de nosotros mismos; cuando hemos sido capaces de compartir una visión renovada de nuestros intereses y objetivos comunes.

El bienestar de nuestros ciudadanos hombres y mujeres, Señorías, nos exige situar a España en el siglo XXI, en el nuevo mundo que emerge aceleradamente; en el siglo del conocimiento, la cultura y la educación.

Tenemos ante nosotros un gran desafío de impulsar las nuevas tecnologías, la ciencia y la investigación, que son hoy las verdaderas energías creadoras de riqueza; tenemos el desafío de promover y fomentar la innovación, la capacidad creativa y la iniciativa emprendedora como actitudes necesarias para el desarrollo y el crecimiento. Todo ello es, a mi juicio, imprescindible para asegurar el progreso y la modernización de España y nos ayudará, sin duda, a ganar la batalla por la creación de empleo, que constituye la principal preocupación de los españoles.

El siglo XXI, el siglo también del medio ambiente, deberá ser aquel en el que los valores humanísticos y éticos que necesitamos recuperar y mantener, contribuyan a eliminar las discriminaciones, afiancen el papel de la mujer y promuevan aún más la paz y la cooperación internacional.

Señorías, me gustaría referirme ahora a ese ámbito de las relaciones internacionales, en el que España ocupa una posición privilegiada por su lugar en la geografía y en la historia del mundo.

De la misma manera que Europa fue una aspiración de España en el pasado, hoy España es Europa y nuestro deber es ayudar a construir una Europa fuerte, unida y solidaria, que preserve la cohesión social, afirme su posición en el mundo y consolide su liderazgo en los valores democráticos que compartimos. Nos interesa, porque también nos fortalecerá hacia dentro. Europa no es un proyecto de política exterior, es uno de los principales proyectos para el Reino de España, para el Estado y para la sociedad.

Con los países iberoamericanos nos unen la historia y lazos muy intensos de afecto y hermandad. En las últimas décadas, también nos unen intereses económicos crecientes y visiones cada vez más cercanas sobre lo global. Pero, sobre todo, nos une nuestra lengua y nuestra cultura compartidas. Un activo de inmenso valor que debemos potenciar con determinación y generosidad.

Y finalmente, nuestros vínculos antiguos de cultura y de sensibilidad tan próximos con el Mediterráneo, Oriente Medio y los países árabes, nos ofrecen una capacidad de interlocución privilegiada, basada en el respeto y la voluntad de cooperar en tantos ámbitos de interés mutuo e internacional, en una zona de tanta relevancia estratégica, política y económica.

En un mundo cada vez más globalizado, en el que están emergiendo nuevos actores relevantes, junto a nuevos riesgos y retos, sólo cabe asumir una presencia cada vez más potente y activa en la defensa de los derechos de nuestros ciudadanos y en la promoción de nuestros intereses, con la voluntad de participar e influir más en los grandes asuntos, asuntos de la agenda global y sobre todo en el marco de las Naciones Unidas.

Señoras y Señores Diputados y Senadores,

Con mis palabras de hoy, he querido cumplir con el deber que siento de transmitir a sus señorías y al pueblo español, sincera y honestamente, mis sentimientos, convicciones y compromisos sobre la España con la que me identifico, a la que quiero y a la que aspiro; y también sobre la Monarquía Parlamentaria en la que creo: como dije antes y quiero repetir, una monarquía renovada para un tiempo nuevo.

Y al terminar mi mensaje quiero agradecer a los españoles el apoyo y el cariño que en tantas ocasiones he recibido. Mi esperanza en nuestro futuro se basa en mi fe en la sociedad española; una sociedad madura y vital, responsable y solidaria, que está demostrando una gran entereza y un espíritu de superación que merecen el mayor reconocimiento.

Señorías, tenemos un gran País; Somos una gran Nación, creamos y confiemos en ella.

Decía Cervantes en boca de Don Quijote: "no es un hombre más que otro si no hace más que otro".

Yo me siento orgulloso de los españoles y nada me honraría más que, con mi trabajo y mi esfuerzo diario, los españoles pudieran sentirse orgullosos de su nuevo Rey.

Muchas gracias.  Moltes gràcies.  Eskerrik asko.  
Moitas grazas.